viernes, 3 de febrero de 2012

Mucho más que dos colores

Un día como muchos otros, le pedí a papá que me llevara a la cancha. Esta vez, no me llevó a ver a ningún equipo grande como usualmente hacía. Por alguna razón que yo ignoraba, prefirió que fuéramos a ver a Atlanta.
No fue de extrañar que tarde o temprano tomara esa decisión. Años atrás mi abuelo había sido propietario de una de las butacas de la platea original del club, colaborando con los fondos iniciales para su creación. Era moneda corriente verlos juntos por allí; y ahora nos tocaba a nosotros.
Durante mis primeros años de vida, papá se resistió a inculcarnos, tanto a mí como a mis hermanos, la pasión por aquel club que tantos momentos gratos le había hecho vivir, pero que en un golpe de mala suerte descendió de categoría sin poder levantar cabeza fácilmente.
Ahora estaba cediendo a la batalla interna, y dejando que las cosas eligieran su propio rumbo.
Muy raramente papá se ponía una camiseta y ese día no fue una excepción. Partimos con destino a la cancha después de saludar a mamá, únicamente con nuestros sentimientos y expectativas a cuestas. Eran más que suficientes.
Al llegar vi un estadio más pequeño que los que acostumbraba a ver. No había extensas filas, ni cientos de personas, ni golpes, ni empujones. Era como si todo se hubiese reducido a una escala menor. Había algunos grupos de gente conversando en mitad de la calle, con su camiseta a rayas azules y amarillas. Uno de ellos, bastante más grande que el resto, se componía por unos cinco hinchas equipados con bombos, y otros que saltaban entonando canciones conocidas por todos. Yo siempre había oído hablar de Atlanta, pero no recordaba haber estado ahí antes.
¿Te gusta?- Preguntó papá.
Si, pero no hay tanta gente. ¿no?
No vienen todos juntos ahora, pero ya vas a ver. Te va a gustar.
Papá sacó su credencial de socio y exhibiéndola al hombre que estaba en la boletería anunció: “Y un menor”. El señor extendió los tickets y ya con ellos en el bolsillo nos encaminamos de la mano hacia la popular.
Mientras esperábamos que comenzara el partido le pedí a papá que me comprara una gaseosa, a lo que respondió con un ademán de incredulidad. El siempre decía que los niños en general somos “Culito veo, Culito deseo”. Me acuerdo que nunca entendía lo que significaba realmente hasta que un día mi mamá me explicó:
-Que querés todo lo que ves, la mayoría de las veces sin necesitarlo de verdad. Así que elegí lo que vas a pedir hijo, ¡Porque ves muchas cosas!-.
Cuando ya me había dado por vencido, frenó al señor que pasaba por al lado y se dio vuelta con mi preciada bebida en la mano.
Recuerdo lo feliz que me sentí, no sólo me habían concedido mi deseo sino que además ese acto significaba que papá estaba contento. Como para no estarlo, el clima alrededor se sentía como una fiesta. Es cierto que había menos gente, pero todos cantaban y saltaban con mucha alegría.
El árbitro sopló el silbato y dio inicio al encuentro. No recuerdo contra quién jugábamos, sólo me acuerdo de sus camisetas con bastones rojos y blancos.
El partido parecía peleado y en reiteradas ocasiones el hombre que estaba a mi izquierda se agarró la cabeza gritando: “¡¡¡Nooooo!!!, así noooooo nene!!!”
Entonces giraba mi cabeza y notaba que al otro lado mi papá estaba preso de una frustración similar. Yo no lograba terminar de comprender la jugada, o al menos porque había tanta desesperación, y entonces decidía interrogar:
- Papá, ¿Fue gol?-. A lo que el me respondía sin dejar de seguir los movimientos de la pelota en el campo de juego. – No-.
Después de cuatro veces de formular la misma pregunta y responderla exactamente de la misma manera. Cuando se aventuró la quinta, mi papá apartó la mirada del partido y me preguntó:
-¿Cuándo es un gol?-
- Cuando la pelota entra en el arco-.
Bastó un “¿Entonces?” para comprender que había malgastado mi última oportunidad de reformular el mismo interrogante.
Centré nuevamente mi vista en el campo de juego, no era precisamente que me aburriera, sino que mi entorno en la popular captaba igualmente mi atención.
En determinado momento todo se volvió más calmo. Aparentemente los rivales nos dieron un poco de tregua y los exhaustos hinchas pudieron disminuir la euforia de su canto unos minutos. Fue entonces cuando me distraje observando al señor que ofrecía panchos y me sumergí en una lucha interna entre hacerle el pedido a mi papá, o mejor dejar todo como estaba y quedarme con las ganas; aunque eso me costara reprimir muchas imágenes mentales de mi mismo saboreando mi deseado alimento. Iba a tener que ser realmente fuerte y negar mi necesidad vital de ingerir el pancho.
En eso estaba cuando el señor de mi izquierda volvió a la carga. Quizás haya sido por el estado de abstracción en el que me encontraba, o porque verdaderamente fue de ese modo, pero con sus gritos me pareció que se le escapaba un pedazo de alma. De repente no sólo gritaba el. La multitud de la hinchada entera pareció entrar en pánico. Otra vez yo debatía conmigo mismo si mirar la cancha o mirar a la gente.
Otro hombre a unos pocos metros se sacudía por la desesperación. Papá se agarró la cabeza y otros tantos hicieron lo mismo.
Como si hubiesen cubierto la cancha entera con un manto de silencio, el mundo pareció casi congelarse. Una fuerza me impulsó a seguir la mirada de todos y como en cámara lenta llegué a captar el momento en que un jugador del equipo contrario pateaba la pelota.
El arquero dio un salto con todo su impulso y literalmente voló en dirección a ella. Con mis ocho años yo no sabía si cerrar los ojos y hacerme una bolita entre toda la gente, o seguir contemplando aquella escena. Finalmente decidí que si había algo que podía hacer por el equipo era encarar con la frente en alto aquel momento.
En otro instante que pareció pertenecer a otro capítulo, aun a pesar de todo su esfuerzo el arquero no llegó en distancia y la pelota golpeó la red. Yo no se si había gente del otro equipo, sólo recuerdo que la hipnosis muda en la que todos parecían estar absortos se resquebrajó para dar lugar a una unánime expresión de profundo pesar.
La frustración de todos fue tan grande que se coló por cada una de mis células hasta llegar al fondo de mi corazón. Algo consternado lo miré a papá y afirmé en un tono cargado de decepción:
- Fue Gol-
Papá pareció salir de un trance y con algo que me sonó puramente a orgullo me dijo:
-¡¡¡ Pero viste como voló el arquero!!!
Una emoción intensa se instaló en mis entrañas y experimenté un sentimiento que no cabía en palabras.
Algo estaba claro, Atlanta ya no era sólo la pasión de mi papá.

Daiana Graff

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